El cuento de los hermanos Grimm nos sirve de punto de partida para explicar la importancia que tiene para el aprendizaje y el desarrollo cognitivo la emoción del miedo en la infancia. 

 

Juan era el hijo menor de un viejo leñador que antes de morir quiso ofrecerle un buen futuro y por ello le preguntó que deseaba aprender.  Juan contestó que aquello que los demás decían que era el miedo y que él no conseguía sentir. Su padre muy enfadado por tal respuesta le echó de casa para que fuera en busca del miedo.  Hubo de enfrentarse a diferentes pruebas que una y otra vez Juan sin miedo superaba sin ningún problema.  Pero Juan no fue feliz hasta que aquella noche, en la que su esposa la princesa tropezó y derramó todo el contenido de una pecera sobre Juan.  Cuando Juan notó el agua y los peces sobre su cara, exclamó con fuertes alaridos el miedo que sentía.

Muchas veces Juan había oído hablar de los ogros, de los fantasmas y de los maleantes que se escondían en los caminos pero desconocía la sensación de los pececillos en su rostro.  Por ello, esa sensación desconocida e inesperada le asustó.

 

Esos dos aspectos, el desconocimiento y la falta de previsión, son los mecanismos que asociados a una situación u objeto desencadenan la emoción primaria del miedo y la reacción mediante conductas de huida, bloqueo y/o espanto.

Algunos estudiosos de las emociones hablan de la aparición del miedo como el momento, en que la capacidad cognitiva de los niños, les permite crear pensamientos de anticipación sobre hechos conocidos y asociados a experiencias dolorosas o que han producido sufrimiento.  A ese miedo vamos a llamarlo secundario.  Pero hay otro miedo más primitivo que se manifiesta en relación al primer malestar que experimenta el bebé. Y ese malestar se produce en el instante del nacimiento.

Si nos centramos en ese momento, parece cierto que las condiciones con las que un bebé se encuentra al nacer son difíciles y desequilibrantes.  El impacto sensorial que recibe el bebé afecta a su sistema homeostático, necesita reconocer la voz, el olor, la piel de su madre para sentirse protegido y recobrar el bienestar perdido.

Los primeros minutos, horas, días, semanas, meses… serán decisivos para que el bebé se ubique y empiece a conocer su entorno.  Si el bebé no fuera capaz de sentir miedo en esos primeros momentos, difícilmente desarrollaría estrategias de aprendizaje.

 

miedo-infanciaLa emoción del miedo está íntimamente ligada al instinto de supervivencia.  De algún modo el bebé siente que si no aprende de todo aquello que le rodea, morirá y eso da mucho miedo.

Cuando el bebé aprenda y poco a poco su sistema cognitivo adquiera conceptos y constructos se sentirá más tranquilo y seguro para enfrentarse a lo nuevo.

 

¿Qué hacer ante el miedo infantil?  Entenderlo como parte de su desarrollo cognitivo y emocional.  La emoción del miedo tiene una función fundamental: enfrentarnos al conocimiento y capacitarnos para la anticipación.  Os invito a los que habéis tenido un bebé cerca que reflexionéis sobre esos instantes en los que el bebé llora desgarradoramente porque tiene hambre.  Somos los adultos los que sabemos que tiene hambre, para él es una sensación terrible que no sabe interpretar.  Cuando escucha la voz de la madre que amorosamente le transmite que no pasa nada, que ya viene la comida, el bebé posiblemente se calmará.

El vínculo que desde el nacimiento establece el bebé y sus padres aporta al recién nacido el entorno adecuado para enfrentarse a lo nuevo con confianza.  A través de la imitación y la propia experiencia, aprenderá estrategias y desarrollará los propios recursos con los que interesarse por lo desconocido y despertar así la curiosidad.

miedo-infanciaComo vemos, sin el miedo no sería posible el aprendizaje pero ¿qué otra función tiene esta poderosa emoción?

Muchas veces, los padres nos empeñamos y deseamos, con todas nuestras fuerzas, tener hijos valientes que se coman el mundo.  Ciertamente la valentía es un valor importante en la vida pero no mayor que la prudencia.  Prudencia y valentía son dos aspectos que aunque parezcan contrapuestos son altamente eficientes si se dan al mismo tiempo.  La verdadera valentía es aquella que se realiza desde la prudencia, por ello una y otra son aspectos que los pequeños deberían adquirir al mismo tiempo.

 

El cuento de Juan sin miedo nos habla de ello,  Juan consiguió ser feliz cuando aprendió el valor de la prudencia, supo que para ser valiente de verdad y serlo desde el corazón primero hay que mirar lo desconocido desde la distancia y darse el tiempo necesario para relacionarse con ello.  Cuando vuestro pequeño reaccione ante una situación que le produzca miedo bloqueándose, huyendo o mostrando signos de espanto, parad.  Recordad que se enfrenta ante un objeto o situación desconocida y que vuestra misión es acompañarle en su aprendizaje.  La prudencia es el primer mecanismo que se activa, respetarla   Vuestra reacción le servirá de ejemplo, los niños nos imitan y aprenderán de verdad cuando lo puedan experimentar.  Enseñarles a ser valientes pero hacedlo desde la curiosidad, desde el cuidado, desde el amor… y aportando altas dosis de paciencia.

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