¿Nos permitimos ser madres “suficientemente buenas”? Este es un post sobre crianza y aunque en todos los post de KASH-LUMN Family Care tratamos de utilizar un lenguaje cercano y coloquial, en estos apuntes sobre crianza y maternidad actual, por lo delicado de la temática, voy a tomarme la licencia de ser más técnica aunque para empezar emplee, a modo de cuento, la metáfora de la leona. Porque la leona permite identificar las principales características de cómo describe D.Winnicott a una “mamá suficientemente buena” y a su tribu como el “soporte social” imprescindible en toda crianza.

Winni, la leona

Winni era una joven leona que acababa de parir a sus crías, tres leoncillos a los que puso el nombre de Sipa, Moni y el pequeño Leo. Winni se sentía fuerte y su instinto protector la mantenía vigilante de todo aquello que pudiera amenazar la supervivencia de los cuatro. En su manada otras dos leonas también acababan de tener descendencia pero ellas ya tenían experiencia, para Winni era su primera vez, hecho que la hacía aún más poderosa. Sabía que en su tribu, durante los tres primeros meses, amamantan a sus cachorros  indistintamente unas y otras pero Winni estaba tan ilusionada con su maternidad que no quiso que fuera así, ella tenía leche suficiente para sus tres retoños y sólo para ellos tres, los amamantaría sin ayuda de las demás.

Winni por ser aún una leona joven no tendría que salir a cazar y podría quedarse al cargo de sus leoncillos y de los del resto de la tribu cuando llegara el momento de necesitar carne para alimentar a sus retoños. Su manada era una gran manada, entre madres, hijas, abuelas y hermanas eran más de treinta ejemplares pero Winni decidió que sería ella la que saldría a cazar el alimento de sus crías y lo haría sola sin necesitar la ayuda del resto de leonas, era su primera vez, hecho que la hacía aún más poderosa.

Llegó el día y Winni se preparó para la caza, no contaba que además de ella también lo hacían un grupo de cazadores que más que comida buscaban trofeos con los que presumir de su dominio sobre el reino animal. Tampoco se dio cuenta que el pequeño Leo la seguía, ¡parece que heredó el carácter intrépido de mamá!

Tanto Winni como los cazadores habían echado el ojo a un majestuoso y solitario antílope. Sería una gran reserva de carne –pensó Winni. Sería un gran trofeo del que presumir –pensaron los cazadores. De repente el pequeño Leo salió corriendo de detrás de mamá pensando que el majestuoso y solitario antílope era un gran juguete con el que él y mamá podían divertirse y pasarlo bien.

Cuando los cazadores vieron a Leo y supusieron a Winni cerca se les salieron los ojos de las órbitas ¡ZAS, era su día de suerte! No sólo se harían con el antílope sino que también capturarían a una cría de león y a su mamá.

Winni que en ese momento fue consciente de la situación, ideó un plan, ahuyentaría a los cazadores y llegaría hasta el antílope antes que su bebé, sólo tendría que mostrarse todo lo poderosa que creía ser.

 

¿Cómo creéis que acaba esta historia?

 

Muchas mamás se sienten tan poderosas como nuestra Winni durante la crianza y ello es grandioso porque la maternidad no sólo empodera sino que necesita de ese sentimiento, para poder ejercer con plenitud. A eso le llamamos egocentrismo maternal, característica imprescindible para que se cree un apego relacional fuerte y profundo.

Pero no en todas las mamás aflora ese empoderamiento que trae la maternidad y es entonces cuando el soporte de la tribu ha de tener protagonismo.

Las tendencias actuales en crianza nos han hecho creer que la lactancia materna prolongada, el colecho y el porteo, entre otras, son prácticas imprescindibles para construir apego y lo son pero no suficientes. El verdadero apego es el que permite que mamá y bebé modifiquen sus comportamientos y evolucionen al unísono. Se comete un grave error cuando se asocian las prácticas comentadas al hecho de ser una “buena madre” porque una buena madre o una “madre suficientemente buena”, tal como nos describe Winnicott, puede destetar a su bebé y optar por la lactancia mixta. Puedes acostumbrar a su bebé a un espacio propio de descanso o desplazarse con él utilizando cualquier medio de transporte que no incluya los brazos. Nada de todo eso importa si en lo que en ella prevalece es atender a su bebé con todo su amor, paciencia y capacidad receptiva.

Sí, habéis leído bien capacidad receptiva o revêrie que es aquella cualidad que se despierta en el momento que contemplamos la carita de nuestro bebé y podemos comprender sus señales, su bienestar, su malestar, cuáles son sus necesidades.

Hablar a un bebé mirándole a los ojos y saber que entiende nuestras palabras es el mayor de los milagros de la maternidad e imprescindible para una buena crianza. Explicar a un bebé a qué se deben sus sensaciones, conseguir con susurros, cánticos, suavizar su malestar transmitiéndole la confianza que mamá ha entendido sus necesidades y está poniendo los medios para que pueda recobrar su bienestar, es el mayor de los regalos que podemos darle a un bebé.

Un bebé y una mamá conectados son una pareja indestructible. Pero esto tan increíblemente mágico no siempre es real, de hecho casi nunca lo es. La maternidad también es renuncia, cansancio, contradicciones… ¿a quién ha salido este bebé?, ¿por qué no deja de llorar?, ¿qué hago mal?  Y ahí es donde interviene la tribu.

 

Fijaros en el caso de Winni ¿qué habría ocurrido si hubiera consentido que fueran otras leonas las que salieran a cazar? Winni quería probarse a sí misma y probar a sus hermanas, madre, abuela que ella era poderosa. Así ocurre muchas veces, la maternidad se convierte en una gran prueba que debemos pasar, las mujeres de nuestra propia familia se convierten en esos ojos que juzgan mientras buscamos soporte en otras madres, consejeros desconocidos, gurús que ni tan siquiera han parido.

 

¿Qué está pasando?

Necesitamos enfrentar la maternidad desde el empoderamiento que nos da la razón, ese “yo puedo” que no deja de resonar en nuestro cerebro. Pero es necesario que dejemos de escuchar desde el cerebro y lo hagamos desde el corazón, desde el inmenso amor que nace con cada latido. El empoderamiento maternal debe hacerse desde amor.

Sabemos ser madres porque antes hemos sido hijas y hemos sido hijas de las hijas de las hijas y así a lo largo de los tiempos. A veces, sería conveniente dedicar un instante a rememorar ese recuerdo ancestral en el que la maternidad no era otra cosa que el fruto de la diosa naturaleza. El gran milagro de la Vida al que contribuimos con cada nuevo nacimiento. Como milagro es la oportunidad de aprender con una nueva vida.

En este punto me parece interesante el trabajo que realizan los grupos de lactancia y su papel como parte de esa tribu al dar información y respetar el proceso de cada mamá y sus decisiones. Dos palabras claves: informar y respetar, ambas esenciales para empoderar la maternidad. Y, yo imagino esos grupos como la manada de Winni, mamá y bebés compartiendo y ayudándose mutuamente, creciendo y aprendiendo conjuntamente. Porque tal como describe Winnicott ese es el papel qué toda tribu debe tener, actuar como soporte en los momentos en que aparece el cansancio, la inseguridad, la desconfianza.

No hay mamás mejores o peores, toda mamá es “suficientemente buena” por ello, en debates, cada vez más habituales, de blogs y grupos de crianza en que algunas mamás se esfuerzan en establecer listas con características, recursos, recomendaciones de todo tipo para todo tipo de problemas cabría preguntarse: ¿sabemos interpretar bien las señales de nuestro y sólo de nuestro bebé?,  ¿nos permitimos ser madres “suficientemente buenas”?, ¿disponemos de una verdadera y propia tribu que atienda nuestras necesidades maternales?, y si la respuesta a estas preguntas es un rotundo SÍ, entonces ¿por qué tanta necesidad de poner etiquetas a los bebés?

Por ejemplo, calificar de “alta demanda” a un bebé insistente o que muestra sus necesidades de manera intensa es sólo eso, su manera genuina de comunicarse. No hay bebés de alta demanda, simplemente hay situaciones en que a una mamá le cuesta más interpretar las señales de su bebé y ahí la tribu tiene su papel no para clasificar sino para sostener, animar, informar, dar alternativas.

Winni quería ser la leona más leona de todas las leonas cuando lo verdaderamente  importante es que pudiera sentirse como una leona más. No seremos más poderosas por creer que podemos más que nadie o que estamos en posesión de la verdad, que nuestra experiencia, nuestro aprendizaje, nuestra maternidad nos hace importantes por hacer de ella una bandera que ondear. Como dice Winnicott lo que verdaderamente un bebé necesita es una madre lo suficientemente buena para atender las necesidades de su bebé, de su bebé, empatizar, fundirse sabiendo que toda experiencia es única y por ello desconocida. Que se permita asustarse, enfadarse, sonreír con las sonrisas de su bebé y conservar la calma con sus lloros aunque éstos la desesperen hasta el punto de no saber qué hacer. Todo ello querrá decir que esa mamá es la mejor mamá que puede tener su bebé porque nadie como ella lo podrá atender mejor. Una mamá que busque ayuda, que escuche, que recurra a su tribu, que se informe pero que al final decida según le dicte el corazón.

Para saber más podéis consultar

WINNICOTT, D. Conozca a su niño. Psicología de las primeras relaciones entre el niño y su familia. Paidós, 1994.

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