El nacimiento de un bebé irremediablemente también lo es de papá y de mamá.

 

Muchos padres piensan que el oficio de ser padres requiere de un libro de instrucciones y que nadie nos enseña a serlo.  Nacer significa iniciarse en el vivir y para ello hay que aprender y al igual que el bebé aprende desde el mismo instante de su nacimiento, así se aprende el oficio de ser padres.

Cada bebé trae consigo un manual de instrucciones, sólo hay que observar y poner mucha atención.  Si lo hacemos aprenderemos con su modo genuino de aprender.

No hay aprendizaje más importante que aquel que se obtiene a través de la propia experiencia.  Los bebés llegan al mundo con capacidades innatas que les van a permitir la sobrevivencia en los primeros instantes, a través de las percepciones que les muestren sus sentidos encontrarán y reconocerán el olor de mamá, fuente de comida y cuidados.  A partir de las primeras sensaciones de bienestar y malestar se activarán las emociones primarias, el miedo, la alegría, el enfado, la tristeza… serán la guía que les indique que deben aprender a adaptarse a todo aquello que le rodea para poder crecer.

 

Si observamos atentamente a un bebé nos daremos cuenta que una de sus principales características es la perseverancia, en sus movimientos repetitivos, en sus muestras de intentar una y otra vez conseguir aquello que desea o necesita.  Así, hemos de aprender con perseverancia pero sabiendo que toda perseverancia tiene un límite y ello deberemos ser nosotros los que le enseñemos a él.

En los primeros años de vida, la percepción del mundo es particular, nada es banal y los lloros y las risas nos comunicaran un sinfín de situaciones que van más allá de los significados adultos.  Pero, todos los adultos un día fuimos niños y recuperar esa mirada nos permitirá volver a crecer con ellos viviendo una apasionante aventura.  Convertirse en padres no quiere decir que nos convirtamos de nuevo en niño, quiere decir que ejercer ese oficio nos brinda la oportunidad de poder mirar el mundo con la mirada limpia, sin prejuicios, con la curiosidad por conocer…

Evidentemente, como a los peques, nos invadirán las emociones.

El miedo a lo desconocido, los primeros lloros, las primeras fiebres, el primer moratón…  Lo infantil nos asusta pero si lo enfrentamos con la prudencia que requiere y la valentía a experimentar cómo dar respuestas a esos lloros, fiebres, a ese moratón, el aprendizaje está servido.

El enfado ante la incapacidad de resolver una situación, los lloros que no cesan, las rabietas que no hay manera de parar, el cansancio que acumulamos… Ante esa sensación, toca parar y calmarse, reflexionar sobre las propias posibilidades, esforzarse por superar los obstáculos, crear nuevas estrategias para afrontar la dificultad.  Si así lo hacemos, el aprendizaje está servido.

La alegría que nos da la satisfacción de conseguir aquello que nos proponíamos, de reconocer nuestros logros y esfuerzos, de conectar con un estado de bienestar, de recompensa…  Guardar en nuestro interior esa sensación, acumular alegrías para rescatarlas en aquellos momentos de necesidad en que las cosas se ponen difíciles, eso es un aprendizaje de vida.

El nacimiento de un bebé, nos da un sinfín de oportunidades de aprendizaje.  Sólo tenemos que guiarnos por la intuición y desarrollar las capacidades necesarias que el momento requiera.

Si atendemos el crecimiento de un bebé con una actitud respetuosa, si escuchamos con el corazón su malestar y bienestar, si respondemos amorosamente desde la calma, viviremos la experiencia de ser padres como una emocionante aventura.  Además, cuidando su salud emocional, estaremos garantizando que se conviertan en unos adultos sanos y felices.

¡Os invito a intentarlo!