Son pocos los niños que vienen al mundo fruto de errores o del azar. Es más, en un caso alto de parejas o de hombres y mujeres que enfrentan en solitario la paternidad, maternidad, llegar a ser padres puede convertirse en un camino largo y lleno de obstáculos.

Actualmente, al menos en la sociedad occidental del primer mundo, ser padres es una elección meditada y deseada.

Cuando nace un bebé y lo sostenemos en nuestras manos, la vida cobra sentido. Y, ese sentido adquiere todo su significado cuando quién lo hace es papá o mamá. Los que habéis gozado de la experiencia sabéis lo que estoy intentando definir.

Pero ¿qué  es lo que ocurre realmente?

Ser padres es mucho más que traer un nuevo ser al mundo. Ser padres es conectar con el mundo infantil y por ello, con la propia infancia. Recuerdos, ansiedades, ilusiones, fantasías… cobran vida. ¿Cuántas veces habremos escuchado “yo no haré con mi hijo lo que mis padres hicieron conmigo”?

Así es, el inicio de la vida de un bebé nos lleva al inicio de nuestra propia vida. La crianza de nuestros hijos nos trae a la memoria nuestra propia crianza. Nuestros niños actualizan a nuestro propio niño, a ese que llevamos dormido en nuestro interior.

Conectar con nuestro niño interior, recuperarlo, cuidarlo… nos ayuda a empatizar con el bebé. Pero ¿es eso lo que debemos hacer?

Efectivamente, sí lo es. No obstante, en muchas ocasiones, los conflictos vividos durante la propia infancia dificultan el vínculo que establecemos con los hijos por el simple hecho de que vamos a intentar que no le ocurra a nuestro hijo aquello que nos aconteció a nosotros. Podemos pensar que eso está bien, pero con ello estamos impidiendo que el ser que acaba de nacer tenga la oportunidad de vivir su propia experiencia.

 

¿Qué hacer entonces?

Establecer un óptimo vínculo, basándonos exactamente en lo contrario. Hemos de recibir al bebé como si fuera un gran regalo que nos da la vida. Observarlo atentamente, sin  juicios, sin deseos, sin… sólo observarlo.

Si nos fijamos bien, veremos como reacciona ante los estímulos que le ofrece la vida, a si hace o no frío, calor; a los sonidos armoniosos o estruendos horrorosos que le llegan; a la diversidad de colores que aparecen a su alrededor; al olor de mamá anunciándole que está cerca; a las manos de papá que le presionan los pies… Los bebés son seres increíblemente sabios, vienen programados para saber que hacer. Si somos pacientes y escuchamos con todos nuestros sentidos, descubriremos que necesidades tiene nuestro bebé, será entonces cuándo sabremos cómo ayudarlo, cómo responder a sus necesidades. Y lo sabremos porque en ese momento será nuestro niño interior el que nos dirá que hacer.

Haciéndolo estaremos también reparándonos.

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