Una de la funciones primordiales del rol paterno es dar significado a los comportamientos y emociones de los hijos.

Tener miedo, enfadarse, irritarse, estar triste… son emociones que se activan ante situaciones de desconocimiento, frustración, pérdida, cuando aún no hemos aprendido ni desarrollado mecanismos y capacidades adaptativas en general, o de manera específica.  Por ejemplo, si nunca hemos visto las profundidades de una cueva, sentiremos un cierto temor al desconocer que cosas puedan habitar allí ni que nos pueda suceder, pero si ya somos unos expertos espeleólogos y conocemos que misterios esconden, el sentimiento de temor desaparece, habremos desarrollado nuestra capacidad de adaptación hacia esa situación.
¿Qué les ocurre a los niños?
En la infancia los mecanismos y capacidades adaptativas están en fase de desarrollo.  Es decir, el bebé está preparado para hacer frente a cualquiera de los obstáculos que le presente el día a día, pero necesita aprender a poner en marcha los recursos con los que cuenta.  Para hacerlo necesita de nosotros y en especial de sus papás.

Desde el primer momento de vida, el bebé inicia su proceso de aprendizaje, ayudarle en este proceso es aportarle significado a sus emociones, es decir, utilizar el poder de la palabra.

¿Cómo utilizamos las palabras? Es importante tener en cuenta que cualquier cosa que les decimos a los niños se escucha con mucha atención. Lo que quiero decir es que la sensibilidad en los niños está magnificada, escuchan mucho y lo hacen con todos los sentidos: oyen cómo entonamos y transmitimos las palabras, ven nuestra actitud, huelen nuestras intenciones…

Por ello es necesario que seamos impecables cuando nos dirigimos a ellos.

El poder de las palabras, también nos ayuda a ayudarles. Nombrar y hacerlo correctamente delimita y contextualiza los pensamientos.  Así, si nuestro peque tiene miedo sólo referirnos a ello le calmará.

Muchas veces nos equivocamos creyendo que el silencio o el no hablar de un hecho concreto, facilita que se resuelva por si mismo.  El pensamiento humano no funciona así, nada de lo que pensamos desaparece, sólo se esconde negando que está.  Hablar, compartir el sentimiento, acoger las emociones desde la calma, es el mejor camino para poder activar y desarrollar las capacidades y recursos con los que contamos.  Hacerlo con los hijos es aportarles el significado que necesitan para crecer óptimamente.